No, sin duda alguna los mineros no son héroes. Algunos maltrataban a sus mujeres antes de quedar atrapados bajo tierra, otros eran unos alcohólicos derrochadores y violentos y más de uno había abandonado a su familia porque le gustaban demasiado las faldas. Y pasar un par de meses con poca luz no redime todos sus pecados, ni los hace mejores personas. Al menos, no desde un punto de vista moderno, aunque siglos atrás la confesión final al borde de la muerte ha granjeado el pasaje al paraíso a muchos incautos pecadores.
No, los mineros no son héroes. A lo mejor, son unos pobres diablos que gracias a esta desgracia tienen una vida un poco más amable a partir de ahora. Y puede que también se hayan convertido en una circunstancia demasiado mediatizada que ha interesado a muchos. Pero no seamos estúpidos. Dejemos de ser engañados como chimpancés al ser casi forzados sentir empatía por unos cuantos hombres que lo han pasado mal, cuando nos es indiferente el dolor que vive en la pared de al lado. Abramos los sentidos y, si realmente queremos emocionarnos con el sufrimiento ajeno (deduzco, ingenuamente, que para intentar paliarlo de alguna manera), hagámoslo sincero, y a pequeña escala. Hasta en nuestra propia casa, familia o vecindario, hay personas que sufren sin vivir bajo tierra, pero que también necesitan una mano para salir a la superficie. Y no nos dejemos embaucar por estos falsos superhéroes televisivos sin capa ni calzoncillos. Abramos los ojos, pero para mirarnos en torno, no hacia la caja tonta.
Por favor, no nos equivoquemos.
