jueves, 5 de febrero de 2009

Delfos ombliguesco

A veces las pajas mentales llegan a un extremo tal que uno no sabe si merece la pena expresarlas, escribirlas o deletrearlas eructando. En el sentido de que no sabe si sirve para algo, si alguien llegará a entenderlo, si tú mismo llegarás a entenderlo. Y el principal problema que surge es empezar por el principio. Me encantaría postear algo mucho más interesante, para mí mismo. Es decir, me gustaría estar escribiendo algo que a mí me gustaría leer. Pero por suerte o por desgracia estoy escribiendo algo que a mí me sale escribir. Podría escribir de lo genial que me pareció el otro día la archicomentada "Hierro 3" de Kim Ki Duk, lo que me apetece ver "Linternas rojas" comprada en una feria de CD´s y DVD´s usados el domingo pasado, lo que me está flipando descubrir los entresijos de la cultura italiana o las ganas que tengo de releer los manuales de supervivencia juvenil de Salinger y Keruoac que descubrí gracias a mi hermana, a la que le debo tanto. Por no hablar de Punset. Pero en vez de dedicar post a estas cosas tan chulas que me molan tanto, me lo dedico a mí.
De un tiempo a esta parte me doy cuenta de que tengo una tendencia egoísta innata que me obliga a pensar en mi persona un tanto por ciento del tiempo demasiado elevado. Lo peor de todo es que si no hago consciente esta tendencia y le pongo remedio, ella por sí sola no para nunca. En realidad, desde que llegué a esta ciudad no he hecho más que pensar. Bueno, vale, tampoco tenemos que exagerar, pero se podría decir que una buena parte del tiempo la he dedicado a pensar (uy, sí, en mí) pero también en todo aquello que me rodea, en orden proporcional a la distancia que hay entre el rodeado (yo) y las cosas circundantes. Digamos, por simplificar, que he tratado de poner en orden mi universo. No sabría decir en qué punto de la limpieza de la habitación estoy, ni los resultados obtenidos, pero me atrevería a decir que he ido hacia delante, que estoy abriendo puertas que siempre han estado delante de mí pero que hasta ahora solo utilizaba para colgar posters.
En cualquier caso, no es fácil encontrarse a uno mismo, sobre todo cuando nunca te has buscado de verdad, y en vez de usar perros de rastreo has sobrevolado la zona con un helicópteo cutre-salchichero. Llegados a este punto resulta lógico que, cuando sientes la llamada de socorro de tu propio yo perdido dentro de ti (qué imagen más freudiana y qué bien nos viene), no tienes más remedio que ir en su rescate por tu propio bien. Una vez has movilizado los efectivos, encontrado los elementos desentonantes, y localizados los montañeros perdidos (cierto que esta es la parte que más esfuerzo requiere), lo único que te queda es pasar a la acción. Porque como a todos nos han enseñado desde que eramos moquillos sentados en las incómodas sillas del colegio, una cosa es encontrar en problema y otra, muy distinta, es encontrar la solución. Puesto que una vez reconocido un problema no se puede obviar el mismo, ya que se convierte en una lacra inútil que encima nos remuerde la conciencia, nos remangamos y metemos las manos en el fango. (Llegados a esta parte debo confesar que empiezo a perderme dentro de mi propia metáfora, creo que los escaladores aquí no pintaban nada, así que vamos a simplificar). Te sientes perdido, te llamas, buscas el problema, lo encuentras, pones solución, esperar resultados.
Así escrito resulta facilísimo, pero a mí me ha costado cuatro meses, varios días chungales, alguna lágrima que otra (jodidas cebollas) y ocasionales dolores de cabeza. No puedo decir que he estado mal. No puedo decir que no he estado. No puedo decir que no he sentido una evolución. Pero sí se podría decir que he vivido en una especie de estado de hibernación en el que todo tenía un color diferente. Pero el mundo seguía exactamente igual, aunque mi cristal estaba empañado o algo por el estilo. O, como leía el otro día no sé donde, me estaban regulando la vista con las gafas de metal totalmente horrendas del oculista. Cogiendo ahora está metáfora, en la que seguro me perderé antes de que se autodestruya, podría decir que me he dado cuenta de que veía mal, he ido al oftalmólogo, me ha graduado, he ido a la óptica, me he comprado unas gafas super chulas (de gafipasti, por supuesto) y ahora acaban de llegar a casa (las gafas).
En conclusión: que a partir de ahora veré mejor la televisión, no tendré que acercarme tanto a los libros para ver la letra, y todo tendrá otro color. ¿Qué ha cambiado? Nada, en realidad, nada. Simplemente me he remodelado por dentro. O, en realidad, estoy tapando todos esos baches que sentía por dentro y que no entendía. Digamos que estoy entendiéndome a mí mismo. Que estoy revalutando (cogido del italiano) lo que me gusta de mí y lo que no me pienso conceder más. Digamos que la lucidez es totalmente odiosa y genial. Digamos que, por fin, disfrutar cada segundo de vida es maravilloso. Porque, de hecho, todo la tristeza inútil que albergamos en nuestros cerebros ("El alma está en el cerebro", mr. Punset, lo del corazón es una estúpida herencia aristotélica) carece de sentido cuando nos damos cuenta de:
1.- El brikindans (lo siento, no quería hacerlo). En serio, de:
1.- La verdadera tristeza y desolación que existe en el mundo, y
2.- que somos muertos que vivimos.
Lo cual, en vez de convertirme en un pesismista arrancapelos, me hace sentirme un tío consciente de la realidad. Y esto, a su vez, en vez de atarme al suelo, me ayuda a volar, soñar y flipar (pero para bien), porque cuando conozco de donde parto, me resulta mucho más fácil ignorar absolutamente cualquier realidad (incluso dimensional) de hacia donde me dirijo.
Encontrémonos, como diría el Oráculo de Delfos (qué hijos de puta los griegos, nos dieron mil vueltas hasta en psicoanálisis hace 2500 años, y nosotros creyendo que reinventamos el mundo ahora). Y sonríamos, sonríamos hasta que nos duelan las uñas de los pies de sonreir, hasta que cada una de nuestras células sonría, hasta que nos resulte imposible meternos de nuevo en los serios y estúpidos canones prodébiles preconcebidos. Y entonces, el elefante, se durmió.
P.D.1: Y Noé me dijo por el Messenger: "Pilla la chica del mundo que más te guste que yo me piró de aquí con todos los bichos empareja'os". Increíble la lluvia en esta ciudad.
P.D.2: Si alguien se considera mi (lector)a (y no meto entra paréntesis la "a" porque sé que seguramente esto lo lerá una chica, genia, seguro), gracias por hacerlo. Y perdón por la extensión y la temática ombliguesca que, de alguna manera, tiene su lógica. Es curiosa la relación entre el ónfalos (http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%93nfalos) y el "Conocéte a ti mismo", como si los sabios te pidiesen que lo hicieses de vez que cuando; ombliguear, digo. Qué délfico todo, la verdad.

1 comentario:

  1. No soy yo de poner las cosas en orden, me gusta todo lo contrario. En mi caso, debería haber llevado mis gafas a cambiarle los cristales con una nueva graduación...pero todavía no lo he hecho. Qué más da, un poco más de nitidez no cambiará mucho las cosas...

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..pisadas..