viernes, 27 de febrero de 2009

Mañana quiero
madrugar
de una vez

jueves, 19 de febrero de 2009

Etapas, tapas y demás

Se suele decir que la gente cumple etapas, que se termina una que queda pequeña y que se empieza otra que aún parece un mundo. A veces parece verdad, y a veces no resulta más que una sarta de mentiras. Si fuese así, podríamos catalogar a las personas que conocemos por la etapa vital en la que se encuentran, y casi nunca acertaríamos. Sin embargo, me resulta casi obvio que lo que vives te va formando, y cuanto más diversas son las cosas que pasan por delante de tus retinas, yemas o glándulas salivares, más amplio es tu punto de vista de las cosas. ¿Podrá esta diversidad incitarte a pasar etapas sin que ni siquiera te dieses cuenta? Normalmente lo que más miedo me da es no darme cuenta. Así que sí realmente es verdad que existen estas etapas socio-vita-mentales, digamos que me da igual empezar y terminar, y vivir, mientras me dé cuenta. Porque estar medio dormido es una gran putada. Y despertar puede sólo ser otra parte de otra etapa. Y cuántas tonterías juntas. Y a la vez, no puedo dejar de ver estas etapas en los demás y más allá del espejo, sin saber bien en cuál está cada uno, ni en cuál quiero estar. Mientras, busco un animal ni muy grande ni muy pequeño, de tamaño medio, entre un conejillo de indias y una cebra delgaducha. Estés en la etapa de tu vida que éstes, y en el punto de la misma que éstes, feliz momento.

Y sí, ahora mismo me iría de tapas.

lunes, 9 de febrero de 2009

Los ríos de Antoine

Antoine se despertó con frío, como casi todas las noches. Sin embargo, la gélida almohada no le impidió acurrucucarse un poco más entre las sábanas y dormirse otra vez hasta pasado el mediodía. En su habitación no daba el sol, y esto, sumado a la economía de subsistencia que impedía encender demasiado tiempo la calefacción, le hacía gastar demasiadas calorías en sus muertes nocturnas cotidianas. Además, nunca se acostaba a la hora que se proponía. Tenía la extraña sensación de que su verdadero mundo empezaba a partir de ese momento en el que quedaba a solas en su habitación, y el universo se habría ante su pijama. Ayer Antoine tomó un desayuno rápido, después de una ducha al ritmo que le fue posible y de vestirse a una velocidad que podríamos llamar adecuada. En cuanto su bibicleta subió la cuesta de todas las mañanas, sintió la humedad que caracterizaba su vida en esa ciudad. Mientras se desperezaba pedaleando, contestó con un "gracias" instintivo a una señora que le cedió el paso, del que se sintió muy orgulloso hasta que cayó en su error. Aún no tenía un total control de la lengua recién aprendida estos últimos meses, lo que se notaba sobre todo los primeros minutos del día después de abandonar la horizontalidad, cuando la madre(lingua) era bastante más fuerte. Siguiendo la vereda que conectaba su casa con el centro, se dio cuenta de algo que, quizás por ser tan obvio, se le había escapado entre las manos hasta ahora. A pesar de vivir a cincuenta metros de la orilla, nunca se había dado cuenta de lo importante y simbólico que era el río. Y de lo que cambia de vivir en una ciudad masificada en la que la palabra "río" es asociada a un nauseabundo olor a pies, a ver cada mañana el río del mundo que mejor refleja las casas, las nubes y los sentimientos. Un río es un espejo, escupe la cruel realidad igual que lo hace el del baño de Antoine por las mañanas (y por las noches). Pero un río tiene muchas más funciones. Además de crear manchas de humedad en todas las casas de amigos a las que ha ido Antoine, el río simboliza, por ejemplo, la consecuencia. El día que llueve, truena, relampaguea o hay una tormenta, el río crece, como es lógico, pero no deja de hacerlo ese día. Uno, dos o hasta tres días después de la lluvia, el caudal del río es más grande, los detritos arrastrados aún flotan en sus aguas, y la velocidad es al menos dos veces la normal. Pero fuera del agua hace mucho calor, y el sol se refleja en sus agitadas aguas. Joder, ya ni me acordaba de que el sábado llovió, piensa Antoine mirando al río. El río sirve para llevarse las penas, para sentir que la tierra sigue girando sin uno mismo, para pasear, sin más. Y justo en ese momento, Antoine pensó en ella, con todas sus fuerzas, pero sin hacer el más mínimo esfuerzo. Cuando llegó a clase, Antoine se secó las lágrimas y se sentó sin dar explicaciones a nadie. Todavía hoy no sabe si lloró de rabia, de pena, de cariño o de alegría.

viernes, 6 de febrero de 2009

El asesino difuso

"El escritor escribe. Si alguien quiere aprender a escribir podrá llegar a ser una persona que escribe, pero nunca será un escritor. Según Raymond Chandler entonces, soy un escritor ya que escribo. Me faltaría saber si escribo bien y si tengo un estilo propio. El estilo no se busca, se tiene o no se tiene y no se sabe el por qué.

Nadie mejor que yo sabrá si escribo bien, vivo de eso, vivo de criticar y analizar lo que otros han escrito. Enseño literatura. El íntimo menosprecio que siento por mí mismo alimenta mi autocrítica. No me será necesario esperar la aprobación de algún editor, si esto que hoy comienzo resulta una basura o es solo mediocre, o no tiene la calidad que espero encontrar al leer obras ajenas y que siempre ha sido escasa. Este manuscrito entonces, nunca conocerá la elegancia del Garamond o la vulgaridad de cualquier otra tipografía. Lo leerá Lili, algún amigo, tal vez mi hijo. Con Lili me alcanza. Escribo por ella y para ella.

No sé si lo que nos pasa es una historia que valga la pena contar, no sé si hay una historia o si esto será un diario o un cuaderno de notas. Sé que hay desorden, decepción, desconcierto. Hay un país que nos destruye, un mundo que nos expulsa, un asesino difuso que nos marca día a día sin que nos demos cuenta. No tengo una respuesta. El vivo ha de atar cabos en plena oscuridad.
(…)
Lili dijo que uno sabe pero se olvida de que sabe, esa es la manera de convivir con la lucidez pero la cosa se complica cuando uno no se puede olvidar.El despertar de la lucidez puede no suceder nunca pero cuando llega, si llega, no hay modo de evitarlo y cuando llega se queda para siempre.Cuando se percibe el absurdo, el sinsentido de la vida, se percibe también que no hay metas y que no hay progreso. Se entiende, aunque no se lo quiere aceptar, que la vida nace con la muerte adosada. Que la vida y la muerte no son consecutivas sino simultáneas e inseparables.Si uno puede conservar la cordura y cumplir con normas y rutinas en las que no cree es porque la lucidez nos hace ver que la vida es tan banal que no se puede vivir como una tragedia.
(…)
La lucidez es un don y es un castigo. Esta todo en la palabra. Lúcido viene de Lucifer, el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer el lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse. Lúcido viene de Lucifer y Lucifer viene de Luz y de Fergus, que quiere decir el que tiene luz, el que genera luz, el que trae la luz que permite la visión interior: el bien y el mal, todo junto, el placer y el dolor. La lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría será el placer de ser consciente de la propia lucidez. El silencio de la comprensión, el silencio del mero estar. En esto se van los años. En esto se fue la bella alegría animal.
(…)
El lúcido puede seguir viviendo mientras conserve el instinto de la especie, el impulso vital. Es muy posible que con los años esa fuerza instintiva y oscura se pierda Es necesario entonces apelar a algo parecido a la fe, hay que inventarse un motivo, una meta que nos permita reemplazar el impulso animal que se ha perdido por una voluntad fríamente racional. Pero esa voluntad es un motor muy difícil de mantener. De repente sin motivo se va, se apaga, desaparece. Es entonces cuando se sigue o no se sigue. Se puede o no se puede. Y si no se puede no hay culpa. No importa el amor de los otros, ni el amor que uno siente por ellos. Si uno no sigue, todo sigue sin uno y sigue igual. Todo pasa, la ausencia pasa. Se conoce la muerte antes de morir. Es un final antiguo, rutinario y común, es un final deseado que se espera sin temor porque uno lo ha vivido ya muchas veces. Todo da igual."

Lugares comunes, Adolfo Aristarain


Increíble y, sin duda alguna, lúcido

jueves, 5 de febrero de 2009

Delfos ombliguesco

A veces las pajas mentales llegan a un extremo tal que uno no sabe si merece la pena expresarlas, escribirlas o deletrearlas eructando. En el sentido de que no sabe si sirve para algo, si alguien llegará a entenderlo, si tú mismo llegarás a entenderlo. Y el principal problema que surge es empezar por el principio. Me encantaría postear algo mucho más interesante, para mí mismo. Es decir, me gustaría estar escribiendo algo que a mí me gustaría leer. Pero por suerte o por desgracia estoy escribiendo algo que a mí me sale escribir. Podría escribir de lo genial que me pareció el otro día la archicomentada "Hierro 3" de Kim Ki Duk, lo que me apetece ver "Linternas rojas" comprada en una feria de CD´s y DVD´s usados el domingo pasado, lo que me está flipando descubrir los entresijos de la cultura italiana o las ganas que tengo de releer los manuales de supervivencia juvenil de Salinger y Keruoac que descubrí gracias a mi hermana, a la que le debo tanto. Por no hablar de Punset. Pero en vez de dedicar post a estas cosas tan chulas que me molan tanto, me lo dedico a mí.
De un tiempo a esta parte me doy cuenta de que tengo una tendencia egoísta innata que me obliga a pensar en mi persona un tanto por ciento del tiempo demasiado elevado. Lo peor de todo es que si no hago consciente esta tendencia y le pongo remedio, ella por sí sola no para nunca. En realidad, desde que llegué a esta ciudad no he hecho más que pensar. Bueno, vale, tampoco tenemos que exagerar, pero se podría decir que una buena parte del tiempo la he dedicado a pensar (uy, sí, en mí) pero también en todo aquello que me rodea, en orden proporcional a la distancia que hay entre el rodeado (yo) y las cosas circundantes. Digamos, por simplificar, que he tratado de poner en orden mi universo. No sabría decir en qué punto de la limpieza de la habitación estoy, ni los resultados obtenidos, pero me atrevería a decir que he ido hacia delante, que estoy abriendo puertas que siempre han estado delante de mí pero que hasta ahora solo utilizaba para colgar posters.
En cualquier caso, no es fácil encontrarse a uno mismo, sobre todo cuando nunca te has buscado de verdad, y en vez de usar perros de rastreo has sobrevolado la zona con un helicópteo cutre-salchichero. Llegados a este punto resulta lógico que, cuando sientes la llamada de socorro de tu propio yo perdido dentro de ti (qué imagen más freudiana y qué bien nos viene), no tienes más remedio que ir en su rescate por tu propio bien. Una vez has movilizado los efectivos, encontrado los elementos desentonantes, y localizados los montañeros perdidos (cierto que esta es la parte que más esfuerzo requiere), lo único que te queda es pasar a la acción. Porque como a todos nos han enseñado desde que eramos moquillos sentados en las incómodas sillas del colegio, una cosa es encontrar en problema y otra, muy distinta, es encontrar la solución. Puesto que una vez reconocido un problema no se puede obviar el mismo, ya que se convierte en una lacra inútil que encima nos remuerde la conciencia, nos remangamos y metemos las manos en el fango. (Llegados a esta parte debo confesar que empiezo a perderme dentro de mi propia metáfora, creo que los escaladores aquí no pintaban nada, así que vamos a simplificar). Te sientes perdido, te llamas, buscas el problema, lo encuentras, pones solución, esperar resultados.
Así escrito resulta facilísimo, pero a mí me ha costado cuatro meses, varios días chungales, alguna lágrima que otra (jodidas cebollas) y ocasionales dolores de cabeza. No puedo decir que he estado mal. No puedo decir que no he estado. No puedo decir que no he sentido una evolución. Pero sí se podría decir que he vivido en una especie de estado de hibernación en el que todo tenía un color diferente. Pero el mundo seguía exactamente igual, aunque mi cristal estaba empañado o algo por el estilo. O, como leía el otro día no sé donde, me estaban regulando la vista con las gafas de metal totalmente horrendas del oculista. Cogiendo ahora está metáfora, en la que seguro me perderé antes de que se autodestruya, podría decir que me he dado cuenta de que veía mal, he ido al oftalmólogo, me ha graduado, he ido a la óptica, me he comprado unas gafas super chulas (de gafipasti, por supuesto) y ahora acaban de llegar a casa (las gafas).
En conclusión: que a partir de ahora veré mejor la televisión, no tendré que acercarme tanto a los libros para ver la letra, y todo tendrá otro color. ¿Qué ha cambiado? Nada, en realidad, nada. Simplemente me he remodelado por dentro. O, en realidad, estoy tapando todos esos baches que sentía por dentro y que no entendía. Digamos que estoy entendiéndome a mí mismo. Que estoy revalutando (cogido del italiano) lo que me gusta de mí y lo que no me pienso conceder más. Digamos que la lucidez es totalmente odiosa y genial. Digamos que, por fin, disfrutar cada segundo de vida es maravilloso. Porque, de hecho, todo la tristeza inútil que albergamos en nuestros cerebros ("El alma está en el cerebro", mr. Punset, lo del corazón es una estúpida herencia aristotélica) carece de sentido cuando nos damos cuenta de:
1.- El brikindans (lo siento, no quería hacerlo). En serio, de:
1.- La verdadera tristeza y desolación que existe en el mundo, y
2.- que somos muertos que vivimos.
Lo cual, en vez de convertirme en un pesismista arrancapelos, me hace sentirme un tío consciente de la realidad. Y esto, a su vez, en vez de atarme al suelo, me ayuda a volar, soñar y flipar (pero para bien), porque cuando conozco de donde parto, me resulta mucho más fácil ignorar absolutamente cualquier realidad (incluso dimensional) de hacia donde me dirijo.
Encontrémonos, como diría el Oráculo de Delfos (qué hijos de puta los griegos, nos dieron mil vueltas hasta en psicoanálisis hace 2500 años, y nosotros creyendo que reinventamos el mundo ahora). Y sonríamos, sonríamos hasta que nos duelan las uñas de los pies de sonreir, hasta que cada una de nuestras células sonría, hasta que nos resulte imposible meternos de nuevo en los serios y estúpidos canones prodébiles preconcebidos. Y entonces, el elefante, se durmió.
P.D.1: Y Noé me dijo por el Messenger: "Pilla la chica del mundo que más te guste que yo me piró de aquí con todos los bichos empareja'os". Increíble la lluvia en esta ciudad.
P.D.2: Si alguien se considera mi (lector)a (y no meto entra paréntesis la "a" porque sé que seguramente esto lo lerá una chica, genia, seguro), gracias por hacerlo. Y perdón por la extensión y la temática ombliguesca que, de alguna manera, tiene su lógica. Es curiosa la relación entre el ónfalos (http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%93nfalos) y el "Conocéte a ti mismo", como si los sabios te pidiesen que lo hicieses de vez que cuando; ombliguear, digo. Qué délfico todo, la verdad.