jueves, 17 de diciembre de 2009

La 422 y la cicatriz

Tomás entró en la habitación 422. Tenía ocho años. A su abuelo le daban el alta ese día, y había ido a recogerle con su madre. Pero a la vuelta de su compra de un refresco, se equivocó de puerta. La imagen de aquel anciano terminal lleno de tubos le marcó de por vida. Ahora, a sus treinta y nueve, su padre está ingresado, pero él es incapaz de visitarle. El recuerdo le vuelve a la memoria incesantemente, a veces en momentos estúpidos, como cuando mete el pie en el segundo calcetín, ni él sabe por qué. Él lucha día a día consigo mismo para olvidarlo. Sabe perfectamente que si su padre no sale del hospital, y él no se digna a hacerle una visita, una única visita, le remorderá la conciencia de por vida. Pero es incapaz, miserablemente incapaz. Tomás tiene miedo, como todos. ¿Y la cicatriz? Tomás tiene ombligo, como todos.

martes, 8 de diciembre de 2009

Tempus fugit

Limpió con whisky su bigote aún empolvado un segundo antes de eyacular. Se estaba haciendo viejo.